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Erin Castro Liera, La articulación de la nación mexicana

La articulación de la nación mexicana

 

 

 

Bulletin n°17, automne 2004

 

 

 

Erin Castro Liera

 

 

Durante el siglo XIX, mientras la Nueva España vivía las luchas civiles que permitirían el nacimiento de México, en la península de Baja California, nadie se quejaba de la corona española, de hecho, nadie se enteró de la jura de independencia sino hasta más de un año después. La impresión de tal cambio de poderes, después de proclamarse la independencia en la Península tres veces en lugares y tiempos distintos, no cambió inmediatamente la vida diaria de los sudcalifornianos.

Mientras en el resto del país se luchaba con la pluma y las ideas por crear una República Federal, a la Baja California llegaban los primeros pobladores, se creaban los primeros intereses comerciales y se sobrevivía a la escasez de productos de primera necesidad. Mientras en México se luchaba por un gobierno laico, en Baja California Sur los poderes locales se declararon independientes para dirigir sus destinos, mientras el poder central arreglaba sus problemas. Mientras el gobierno de Porfirio Díaz (1876-1910) empezó a comunicar el país a través de los ferrocarriles, la parte meridional de la península sólo contaba con caminos de terracería, se comunicaba internamente tras largas horas de duro recorrido y se encontraba separada de la ciudad de México por varios días de viaje. El más grande legado del régimen porfirista para la mitad meridional de la península fue la libertad: libertad a locales y extranjeros de invertir y comerciar. Mientras en la ciudad de México José Yves Limantour presumía de haber saneado las finanzas públicas, el gobierno de Baja California Sur dependía económicamente de la buena voluntad del gobierno federal y de los préstamos de los notables de la economía local. Cómo fue posible que esta sociedad que se sentía olvidada y menospreciada por el gobierno central conservara en su imaginario pertenencia y lealtad a México?

 

 

Administración y puestos públicos

 

 

Durante el siglo XIX, las familias rancheras[[«Rancho»: casa con un terreno de extensión mediana donde se crían animales y/o se cultiva la tierra para subsistir. «Familia ranchera»: familia que habita en un rancho.]] no tenían mucho contacto con las autoridades civiles, mucho menos con el gobierno central mexicano. En la vida cotidiana era más común el trato con embarcaciones extranjeras y nacionales que, sin registrarse en ninguna aduana, tocaban las extensas costas de la península e intercambiaban productos manufacturados por queso y carne, principalmente. La geografía dificultaba a la precaria arca estatal tener oficinas y funcionarios en la cantidad necesaria y en los lugares precisos para atender y controlar a la población. Como muestra, debemos decir que fue hasta finales del siglo XIX que se empezó a generalizar la costumbre de registrar a los niños que acababan de nacer.

 

 Por otra parte, la misma debilidad de la economía de la península, la escasez de población y las dificultades para que extranjeros y nacionales pudieran establecerse y sobrevivir, mantuvieron siempre a la mitad meridional de la península bajo una dependencia administrativa más fuerte que la mayoría de las regiones del país. Durante la colonia y hasta finales del siglo XIX, la parte meridional de la península dependía, tanto administrativa como judicialmente, de las oficinas de Sonora y Sinaloa. Aunado al hecho de que la contracosta era la principal fuente de víveres de la parte meridional de la península y que los comerciantes paceños estaban directamente relacionados con las casas comerciales de la contracosta, nos damos cuenta que la media península, en realidad, era la periferia de la periferia noroccidental de México. Durante el Porfiriato, la península sólo logró alcanzar el estatus de Distrito del Territorio de la Baja California y, durante la Revolución, el único logro fue ascender al estatus de Territorio. En ambos casos, y hasta 1974, la media península no tenía derecho a leyes propias, no tenía derecho a ingresos propios y no tenía derecho a gobernadores nativos, mucho menos electos por votación.

 

 Ante la falta de inversiones y de fuentes de trabajo, el crecimiento del aparato burocrático se convirtió en una de las principales opciones de ocupación. Considerando tanto a los trabajadores de oficina como a los encargados de la salud pública y a los profesores, nos damos cuenta que la mayor parte de la población o participaba directamente en el aparato administrativo estatal o contaba con algún familiar trabajando directamente para el Estado. Indudablemente, esto creaba lazos entre el Estado y la población.

 

 Si bien el discurso de los participantes en el movimiento revolucionario en 1913 privilegiaba la democracia y la libertad política, la Revolución, en este aspecto, significó un gran retroceso para los sudcalifornianos. En 1928, los habitantes de Baja California Sur perdieron el derecho de escoger a sus autoridades locales, los municipios fueron reemplazados por delegaciones y los funcionarios encargados fueron, desde entonces, designados directamente por el gobernador del Territorio. Por su parte, la organización política independiente del Estado desapareció con la caída del precio y de la producción de cobre en el municipio de Mulegé.

 

 En el Territorio, el Partido Oficial (creado por el Estado) no tuvo competencia alguna. Este partido, por un lado integraba en sus filas a todos los nuevos políticos sudcalifornianos y, por otro lado, limitaba su participación política al ser un organismo controlado por el gobierno que sólo actuaba en época de elecciones. En cuanto a los procesos electorales, aunque eran un ensayo de práctica política, al igual que durante el porfiriato, las votaciones continuaron siendo simbólicas pues siempre ganaba el candidato del partido oficial escogido por el gobierno local y federal. El Diputado del Territorio, único puesto local electo por votación, siempre era designado por el presidente de la República, lo cual era un secreto conocido por todos los sudcalifornianos. Sin embargo, la gente asistía a votar. Los rancheros se desplazaban para asistir a las elecciones, lo cual, continuaba siendo un ensayo de práctica política.

 

 Por otra parte, aunque con la desaparición de los municipios se cerró un importante espacio de participación política, paralelamente se abrieron otro tipo de espacios políticos, bajo el auspicio del Estado. A partir la década de los 30's, el gobierno se encargó de organizar a todas las clases trabajadoras en diversas agrupaciones, todas controladas por el gobierno y todas dependientes de las organizaciones obreras nacionales que vivían coludidas con el gobierno federal. Las organizaciones sindicales y la Confederación Nacional de Organizaciones Populares del partido oficial (Partido Revolucionario Institucional), permitieron que la clase política local siguiera existiendo y creciendo de manera totalmente dirigida por el Estado local y federal. Por otra parte, la vida política se enriquecía a través de las sociedades de servicios como el Club Rotario y el Club de Leones local. Todas estas organizaciones, aunadas al movimiento masón que desde finales de siglo XIX y durante todo el siglo XX continuó jugando un papel muy importante en la política local, nos damos cuenta que la sociedad penínsular creaba lazos más allá del golfo al integrarse a estas asociaciones nacionales e internacionales.

 

 

La nación en el imaginario local

 

 

El discurso político

 

 

El discurso político que se puede rescatar, desde la agitación política creada por la Revolución de 1910 hasta el movimiento de conversión de Territorio a Estado, tiene algunas interesantes coincidencias. En principio, la Revolución, como símbolo, es siempre utilizada en un sentido casi romántico, pues se le considera como la redentora. En el caso del partido oficial (donde participaban todos los políticos locales) la Revolución es utilizada para legitimar su existencia como Partido pues, para ellos, el objetivo principal es velar porque los «principios de la Revolución» se conserven. En la década de los 60's (momento en que se lucha por obtener el derecho a elegir a las autoridades locales y posteriormente la conversión del Territorio a Estado) algunos de los vicios políticos que acarreó la Revolución son considerados causa del hecho de no existir un gobernador nativo del Territorio. Esto hace pensar que existía una idea aún idealizada del sistema político nacional y de la Revolución de 1910.

 

 El discurso de los políticos locales siempre tuvo como principal demanda la democracia, la cual posteriormente fue claramente definida como la capacidad para elegir mediante el voto directo a sus gobernantes. Esta demanda, finalmente, termina siendo la solicitud de los ciudadanos sudcalifornianos de tener los mismos derechos cívicos que tenían los Estados de la República. Desde 1911, y hasta 1974, existe una evolución clara de la definición del derecho de nacimiento, de la vecindad y, finalmente, del arraigo. Si en los escritos políticos anteriores a la década de los 30's se valoran los derechos de los habitantes nacidos en el Territorio, en la década de los 60's, este concepto se vuelve más complejo, se moderniza un poco, pero guarda una fuerte imagen de localismo y de exclusión. El «arraigo», que los políticos de la década de los 60's exigen de sus gobernantes, significa: vivir en el Territorio, tener los intereses particulares comprometidos en el Territorio, conocer las necesidades locales, conocer la idiosincrasia e, incluso, conocer personalmente a la gente. Para estos políticos, el gobernador y el pueblo debían que tener una relación de confianza, para lo cual era necesario que el gobernante fuera bien conocido por la sociedad sudcaliforniana. De igual manera ésta última debía ser conocida por el gobernador. Esta idea del arraigo incluso tocó el ámbito de lo sentimental, pues los políticos e intelectuales locales consideraban que el gobernador debía tener comprometidos sus afectos hacia Baja California, la cual, de cierta manera, es la madre de todos. El grado de compromiso de un gobernador también variaba con respecto a su relación afectiva y sus intereses económicos establecidos en la península, pues consideraban que las fallas en el gobierno de una persona sin arraigo eran errores, mientras que las fallas del gobierno de un nativo o de alguien con arraigo eran una traición.

 

 Con respecto a la relación de la península con la Federación, desde 1911 se habla de un sentimiento de olvido, del cual son objeto los sudcalifornianos. Esta postura se recrudece al paso del tiempo. Este sentimiento se define en el discurso político de la década de los 60's como el del abandono y la incomprensión. Los sudcalifornianos saben que la Federación no aplica las medidas correctas (sobre todo en el ámbito económico) a las necesidades locales por falta de interés o conocimiento de causa pero, además, saben que la mayor parte de los mexicanos desconocen la cultura sudcaliforniana, la cual consideran muy alejada y casi inaccesible.

 

 Los sudcalifornianos estaban convencidos de que la Federación estaba obligada a hacer las inversiones adecuadas en infraestructura para que la economía local se desarrollara, para que la población creciera y para que Sudcalifornia pudiera acceder a la independencia económica y política. Sin embargo, su actitud hacia la Federación nunca fue de reproche, nunca se insubordinó ni trató de salir del esquema del sistema político - administrativo del país. La actitud de los políticos sudcalifornianos era la de «hijos incomprendidos», «hijos menores del país», quienes se dirigían a un padre, al cual tenían que demostrarle que eran maduros para tomar en sus manos su propio destino.

 

 El fuerte sentimiento regionalista y esta idea de ser hijos de la Federación y no un componente más de la misma en igualdad de circunstancia, alejaba mucho la política local de la idea moderna de Estado. No debemos olvidar que la población sudcaliforniana era muy reducida, dentro de la cual, los grupos políticos lo eran aún más. Es cierto que, en La Paz de los años 60's, casi todo el mundo se conocía entre sí o por lo menos conocía la historia general de la mayoría de las familias. Las relaciones políticas se daban entre conocidos, vecinos e incluso parientes. Dentro de este contexto, el discurso regionalista, lejos de buscar un desarrollo hacia la modernidad política, proponía, en el fondo, la protección de los intereses de los locales bajo las relaciones políticas y de poder ya establecidas. Esta situación es comprensible considerando que los participantes en el movimiento de conversión de Territorio a Estado eran profesionistas que había estudiado gracias a las becas del gobierno, que se integraron a la política a través del partido oficial, que existían en el Territorio gracias a la ayuda económica directa del gobierno (agricultores), que dependían directamente del aparato administrativo gubernamental (burócratas). En conclusión, eran hijos del régimen revolucionario.

 

 

La educación

 

 

El sistema educativo es el mejor medio de difusión de las ideas del Estado, pero, para que esto sea cierto, la educación tiene que estar controlada por la federación tanto en su organización práctica como en sus planes y programas de estudio. El primer intento por federalizar la educación en México se dio hasta 1889, durante la presidencia de Porfirio Díaz. A pesar del entusiasmo y la buena acogida por parte de autoridades y maestros, la llegada de la guerra civil en 1910 coartó el desarrollo de la educación nacional.

 

 En 1921, bajo la dirección de José Vasconcelos, la educación empezó a ser organizada, finalmente, por la Federación. En el caso de Baja California Sur, su condición de Territorio le valió una aplicación temprana y expedita de leyes educativas provenientes de la capital del país. El primer gran paso que la educación permitió dar a los sudcalifornianos hacia la cultura mexicana fue la partida de 12 jóvenes para estudiar en la ciudad de México. Gracias a este viaje, los jóvenes por primera vez tuvieron contacto con el país al que sabían que pertenecían, pero que sólo conocían a través de algunas lecturas. Este fue el primer contacto con los vestigios de la historia oficial de México, con la población indígena y su cultura. También fue el primer contacto con la vida moderna de México, con las manifestaciones artísticas del momento y con el cine. Aunque en principio hablamos sólo de 12 jóvenes a los cuales, dos años después, se unieron otros cinco estudiantes sudcalifornianos, el impacto que tuvo a largo plazo su partida y su preparación fue enorme para la media península. Gracias a estos jóvenes, posteriormente la carrera magisterial tuvo un gran desarrollo en el Territorio. Este hecho fue doblemente importante, considerando que fue la única opción de estudios superiores en Sudcalifornia hasta 1974.

 

 A partir de 1931, estudiantes de todas las delegaciones del Territorio acudieron a prepararse en la Escuela Normal, la cual, a pesar de cambiar de nombre y lugar de residencia, logró formar a numerosas generaciones de maestros. Debido a la mística educativa de José Vasconcelos, primero, y luego a la mística de la escuela socialista durante la presidencia de Lázaro Cárdenas, las primeras generaciones de profesores sudcalifornianos estaban formadas para realizar una labor que trascendía ampliamente el ámbito de las aulas. Los maestros estaban capacitados para formar a los alumnos e incluso a los padres de familia, a fin de que mejoraran, de forma integral, sus condiciones de vida. Los maestros, a la manera de los misioneros, partieron de sus hogares a instalarse en comunidades pequeñas y alejadas y se volvieron el principal eje de la vida social y cultural de las comunidades de rancheros y pescadores. A través de los maestros encontramos por primera vez la presencia del Estado en las comunidades aisladas del Territorio. Además de infundir la educación con base a los modelos establecidos por la federación hablando por primera vez un mismo código con respecto a la historia y el civismo, el maestro empezó a organizar fiestas para conmemorar diversos sucesos históricos. Estas fiestas eran muy importantes en las pequeñas comunidades, escasas en actividades culturales y sociales. El mensaje que era transmitido en estas fiestas, a través de la muy respetada figura del maestro, entraba de manera directa en la mente e incluso, podemos decir, el corazón de los alumnos.

 

 Si, por un lado, la labor magisterial permitía la unificación de los criterios culturales con el resto del país, también permitió la consolidación y unificación de las costumbres de la región sudcaliforniana y de sus gentes. Las Olimpiadas Territoriales, con sus competencias deportivas y concursos literario-musicales, hacían que los jóvenes se desplazaran para convivir con los jóvenes de otros poblados lejanos. El alojamiento de estos jóvenes en casas particulares fue uno de los factores claves para el auto-reconocimiento de la cultura sudcaliforniana. Por su parte, el desplazamiento de los maestros a las diversas comunidades y después la creación de albergues escolares (donde recibían a alumnos de los ranchos aislados) permitió que la difusión de la educación y la cultura fuera eficiente, creando lazos sólidos con la cultura mexicana y con el gobierno local y el gobierno federal.

 

 Aunque la integración de Baja California Sur al Estado-Nación mexicano empieza a darse de manera lenta, pero contundente a partir del siglo XIX, fueron los gobiernos posrevolucionarios los que terminaron por integrarla definitivamente a la vida política y cultural mexicanas. Los medios de transporte, la consolidación del aparato burocrático estatal y la subordinación de la política local a la nacional franquearon de manera acelerada y eficiente la distancia del centro político y administrativo del país que existía durante el siglo XIX. Por otra parte, aunque la población peninsular siguió sin tener contacto con la cultura indígena, a través del eficiente sistema educativo que se desarrolló a lo largo de todo el Territorio, la enseñanza de la Historia Nacional en las aulas y el culto a los símbolos patrios lograron crear en el imaginario local el mito de una Nación grande, fuerte, valiosa a la cual cada habitante del Territorio tenía la fortuna de pertenecer. México se convirtió así, en algo grande aunque aún alejado de la vida cotidiana, lo cual creó un sentimiento de inferioridad al considerar que lo mejor se encontraba fuera de la mitad meridional de la península y fortaleció el nacionalismo local.

 

 La historia de Baja California Sur parece estar llena de paradojas. Es una sociedad que, a fuerza del cierre de los espacios políticos y de la falta de derechos cívicos, acelera su proceso de politización. Es una sociedad que, ante la lejanía física y administrativa hacia México, fortalece su espíritu de integración al país. La historia de Sudcalifornia, en fin, es la del aparente juego de acercamiento y alejamiento hacia la federación, la de la gran pobreza y grandes riquezas. Finalmente la de una sociedad que luchó contra una libertad que nunca fue bien entendida.